En un mes y once días voy a cumplir cincuenta años. ¡Medio siglo! hay que reconocer que es una cifra contundente y, aunque los años no me han tratado mal, me detengo a pensar que es una lástima que el flequillo no me quede bien para poder taparme las arrugas de la frente de manera barata e indolora. Por suerte los pañuelos me quedan fabulosos, porque cuando bajo de la frente al cuello el panorama no mejora para nada.
Mis profundas divagaciones existenciales se aprestaban a pasar al área de las "patas de gallo" cuando una de mis hijas me interrumpe para preguntar si voy a celebrar mi cumpleaños. "Por supuesto", le digo, "¿cómo no me voy a celebrar si cumplo cincuenta?", "bueno", me responde, "por eso mismo". "¿Por eso mismo qué?", insisto yo ingenuamente, "por eso mismo pensé que no ibas a querer hacer nada, no deben dar ganas de celebrar cuando se cumplen tantos años".
Mientras giro mi cabeza para encarar a la responsable de tamaña pesadez pienso en cómo es posible que con sólo diez años esté haciendo comentarios desagradables dignos de una adolescente hecha y derecha. Sin embargo, cuando la alcanzo con la mirada, la veo tratando de aguantar la risa sin mucho resultado hasta que suelta una carcajada mientras me dice "te molestaste, reconoce que te molestaste".
"Para nada", le contesto, mintiendo descaradamente. "Sí, te molestaste porque pusiste esa típica cara de cuando te molestas", "bueno un poco", reconozco.
Mi hija me abraza mientras insiste que me veo como de 35 [linda ella, ni siquiera había nacido cuando yo tenía esa edad].
"Voy a buscar papel y lápiz para que hagamos la lista de invitados", la escucho decir mientras baja la escalera. Me vuelvo a mirar al espejo... definitivamente no me veo de 35, pero las arrugas de la frente ya no se ven tan marcadas, el cuello tampoco está taaaaan mal.
Me siento a esperar a mi hija mientras pienso en que lo que tengo para celebrar, NO es poco. Celebro haber aprendido a disfrutar de lo que tengo y no gastar energía en perseguir lo que no tengo, celebro la familia que he formado, puede ser caótica y desordenada pero por lo menos nunca va a ser aburrida. Celebro el oficio que elegí, el cual es inestable a veces pero me obliga a mantenerme creativa y alerta, celebro los errores que me encaminaron a los aciertos y celebro que puedo ser la que soy, ni más ni menos, gústele a quien le guste, sin pedir permiso ni dar explicaciones.
Llega mi hija y empiezo a enumerar a mis amigos, mientras lo hago aumentan mis ganas de celebrar.
Me gustan mis amigos tengo amigos antiguos y amigos nuevos, de distintos lugares y edades pero todos tienen algo en común, son buenas personas y les gusta reírse y a mí me gusta reírme con ellos, aunque se me arruguen los ojos y la frente.
Por eso, cuando sople mis cincuenta velas, voy a celebrar que nunca he dejado de tener razones para reírme, en primer lugar... de mi misma.